Cuando los tejidos que rodean la vejiga y la uretra pierden firmeza, el cuerpo deja de responder como antes. Eso puede ser por el paso del tiempo, por cambios hormonales, por partos, o simplemente por tensión acumulada.
El colágeno disminuye, la irrigación sanguínea baja, los músculos del suelo pélvico se debilitan o tensan en exceso. Como resultado, hay menos control sobre esos pequeños escapes que ocurren al toser, reír o incluso al caminar rápido.
Y no se trata solo de fisiología. También hay un componente neurológico: los nervios que conectan el cerebro con la vejiga pueden volverse menos eficientes, haciendo que las ganas de orinar lleguen tarde o demasiado de golpe. Resultado: urgencias, escapes, y una vida planificada en torno a baños disponibles.
Algunas mujeres también experimentan lo opuesto: sienten la urgencia demasiado pronto, con una vejiga apenas llena. Es como si el sistema de alarma estuviera mal calibrado. Y vivir con esa incertidumbre puede afectar desde tu jornada laboral hasta una cena con amigos.