Te acuestas a su lado, rígida. Él hace un movimiento sutil, una caricia en tu brazo, y tu corazón se acelera. No de pasión, sino de pánico. Finges estar profundamente dormida o murmuras un "estoy muy cansada hoy". Él retira la mano y se da la vuelta en silencio.
En la oscuridad, la culpa te consume. Lo amas profundamente. Extrañas la conexión que solían tener. Pero el dolor físico de la intimidad se ha vuelto tan insoportable que prefieres la distancia. Y noche tras noche, ese espacio físico entre los dos se va convirtiendo en un abismo emocional.